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domingo, 30 de octubre de 2016

Capítulo 9

Capítulo 9
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El probable quién y la incógnita del por qué


Pasé el día siguiente tranquilamente, contestando mensajes y preparándome tapas, aperitivos, cafés, etc. pues ya no hacía ninguna comida consistente a una hora regulada, sino que iba picoteando todo el día. Parecía que llevaba a cabo una particular “campaña de globalización”  con el objetivo de ponerme redonda.
Cuando me trajo el periódico Marisa, que me lo compraba cuando iba por el suyo, vi con alegría que Javier había insertado un pequeño llamamiento a las personas que hubieran visto al conductor o acompañante del coche francés, que estuvo más de 14 20 horas aparcado en el mismo lugar, prácticamente en un descampado.  A ver si alguien respondía.
- Como no los viera alguna persona con tierra por esa parte -explicó Marisa - o que estuviera faenando ese día… Es un sitio abandonado de la mano de Dios, no se acerca nadie por allí para nada, a no ser que vayas a trabajar la tierra o a la ermita.
- Oye - le dije- ¿dónde para Pedro? Llevo un par de días sin verlo
- Lleva mucho jaleo con la comisión de festejos de la urbanización. Este año le ha tocado a él estar en la Junta y ya empiezan a preparar todo para la fiesta de agosto - me contó Marisa- ¿quieres que le diga que pase esta tarde?
- No, déjalo tranquilo, ya nos veremos - le contesté.
Llegó el Sr. Joaquín por la tarde, con el semblante contento. Nada más entrar en casa, me dijo:
- Se va estrechando el círculo. He consultado censos, libros de la parroquia, etc. y ¿a que no sabe quién lleva el apellido Mur aquí en la urbanización? - tenía ganas de decirle que yo ya me lo imaginaba, pero no quise robarle ese momento de gloria al bueno de Joaquín. - ¡Su vecino! - me gritó, poniendo un énfasis concentrado en la “ci” de vecino, él que era todo contención e inexpresividad.
- ¿Vd. cree…? - me atreví a aventurar, para darle la oportunidad de explicarse.
- En este momento no podemos creer nada todavía. Lo que tenemos que hacer, es centrarnos en esa persona, estudiarla, desmenuzar sus intenciones, y si es lo que buscamos, albricias, y si no, pues buscamos otro posible candidato.
Sonó el timbre de la puerta con insistencia y familiaridad. Precisamente era Pedro, que se quedó sorprendido al ver a Joaquín.
- Hola, Pedro, le dije. Pasa, pasa, haznos compañía un ratito.
- No, gracias, es que tengo prisa, pero como me ha dicho Marisa que preguntabas por mi…
- Sólo era para saber cómo estabas - le contesté - Pero pasa un poco, hombre, nos ayudarás en las pesquisas.
- Tú que eres de por aquí y conoces a tanta gente - le dijo Joaquín lanzándole la pregunta trampa -¿no te sonará alguien de la urbanización que lleve el apellido Mur?
- ¿Y quién se llama Mur? –preguntó mostrándose extrañado.
- Es que se ha descubierto que el segundo apellido del chico francés era Mur y de que su madre era de La Cardelina.
- ¿Quién ha dicho eso? ¿Sánchez? – interrogó Pedro
- No, él no nos ha dicho nada.
- Ya preguntaré entre los vecinos, a ver si alguien sabe algo - dijo mientras se ponía de pie. -Ahora tengo que irme, que tengo prisa- Y cuando ya estaba cerca de la puerta, añadió como de pasada:
- Bueno, yo tengo el Mur entre mis apellidos, por si os sirve de algo.
Yo le dediqué una sonrisa y me mordí la lengua para no decirle lo que tenía a punto de soltarle, que era “pues igual sí que nos sirves, porque eres lo que estamos buscando”.  
Mientras tanto, nuestro nuevo amigo Víctor, me refiero al de Claudine y mío, estaba completamente entregado a la causa de Tony Lemonier, y a la mía, aunque fuera indirectamente. La última noticia que nos dio fue alucinante.  
Había regresado por segunda vez a visitar a los padres de Toni a Toulouse, y charlando con ellos de toda la historia de la familia, anécdotas, etc. salió a colación el testamento que el abuelo Pedro dejó hecho antes de morir. Parece ser que él seguía siendo el propietario de la casa y las tierras que sus padres le habían dejado en La Cardelina, y que especialmente su hermana mayor, Pilar, había disfrutado y usufructuado, además de trabajarlas, todo hay que decirlo. Si ya fue difícil aceptar el reparto de la tierra fijada en las disposiciones testamentarias, porque todos los familiares se sentían perjudicados, más complicada resultó aún la interpretación de una cláusula que nadie entendía. Y es que Pedro, el testador, decía:
“… y la cabana que hay entre las higueras, que quede en la familia, para mis tres hijas y los suyos si ellas faltaren, que lo que allí hay, bien me pertenece y pagado está con creces”.
Pensaban los familiares, que a lo mejor no interpretaban bien el español y decidieron mandármelo a mi por si encontraba algún sentido al misterioso mensaje, porque creían que se les escapaba algo y, la verdad, no se atrevían a ponerlo en conocimiento de cualquiera.
En la reunión vespertina con Joaquín, vimos que pensábamos los dos lo mismo: en esa cláusula estaba la clave de lo que buscábamos, un móvil para los asesinatos. Desde luego, no era cuestión de divulgarla, pues si la gente imaginaba, como bien sugería el mensaje, que en la cabana podía haber algo de valor, probablemente en pocas horas se vería invadida por una legión de curiosos, por no decir buscatesoros. 
Llegados a este punto, lo primero que se imponía  era localizar la cabana. Y, ¿qué eran exactamente las cabanas? pues unas construcciones aisladas, que se hacían en los campos para guardar el material de trabajo y, en ocasiones, permitir pernoctar a los trabajadores del campo. La mayoría de ellas estaban bastante camufladas en el paisaje y con su austera construcción se pretendía que no llamaran la atención y pasaran lo más inadvertidas posible. Se encontraban especialmente en tierras de secano.
Para conseguir la información que necesitábamos, Joaquín, me explicó, que lo primero de todo era necesario localizar a la hermana de Pedro, Pilar. Si ya no vivía, intentaríamos contactar con sus descendientes. Se trataba de obtener datos, lo más discretamente posible, de dónde tenían la tierra, etc. Aunque, desde luego, la cabana ni mentarla.
Dicho y hecho, el eficiente detective al día siguiente ya me trajo la información que necesitábamos, ya sabíamos un poco más. En realidad, me contó Joaquín que ni siquiera tuvo que ir hasta La Cardelina, porque conocía a algunas personas que estaban bien informadas sobre el tema. Mejor no hacernos notar mucho, me dijo.
Entonces, sacó su libreta de notas y me leyó lo que le había contado un señor mayor que vivía en Huesca, pero que era del pueblo.
“La tierra que tenían los Mur no es que fuera un gran patrimonio, pero daba para vivir. Tenían los campos bastante lejos, hacia Siétamo, eran los últimos del término municipal de La Cardelina. Pedro se marchó después de la guerra a Francia, no porque se hubiera distinguido en ninguna acción especial que le hiciera temer represalias, pero es que algo le debió pasar, porque se le veía muy amargado. Un día les dijo a la familia “me voy” y aquella noche ya no durmió en casa. Se fue a casa de unos paisanos que vivían en Pau. Su padre no se recuperó de esto. Era el único chico de la familia y fue una bomba.
Se quedó en casa Pilar, que más tarde se casó con un agricultor, Paquito, pero ese hombre no estaba hecho para el campo, no supo sacarle partido a la tierra ni a la suya ni a la de la familia de Lola. Ahora mucha la tienen medio abandonada. Han tenido solo zagalas, nada, una pena, porque se han dejado perder todo por no trabajar lo que les tocaba”.
Y una señora un poco más joven, que debía haber sido de la pandilla de Joaquín, le comentó:
- Con Pedro nos conocíamos de toda la vida ¿no ves que allí en el pueblo estábamos juntos todo el día? En la escuela los chicos iban con el maestro y nosotras con doña Esperanza, pero al salir de clase siempre estábamos juntos, sobre todo cuando ya empezamos a ser más grandes. Es que éramos muy pocos.
Pedro era muy buen chico, estudioso pero travieso, muy espabilao. Lástima aquella guerra, que se llevó por delante lo mejor del pueblo y, lo que quedó… ya nunca fue como antaño. No se sabe qué le pasó a Pedro, con lo buen zagal que era. Se han dicho muchas cosas, pero no me creo ninguna. Cuando marchó a Francia se fue con los de Mora, que ya se habían establecido un poco antes y estaban bien situados. Dicen que se enteraron de que alguna vez vendía joyas, ¿de dónde las había sacado? Porque de su familia no, que no les faltaba para comer, pero tampoco les sobraba para oros y platas. El caso es que los Mora se lo sacaron de casa, porque no querían problemas. No le puedo decir más, sólo que no acabaron muy bien”.
Joaquín levantó la vista del papel y me miró por encima de sus gafas. En mi cabeza resonaban palabras sueltas, que me daba la impresión de que eran las mismas que él oía.
- Esto de las joyas es nuevo –le dije- ¿verdad, Joaquín? Y podría ser una buena pista-
- Sí, desde luego –me contestó- como la cabana.
- ¿Qué podemos hacer ahora? Tendríamos que saber cómo consiguió esas joyas, si las guardaba en la cabaña… Si eran de alguien que le pidió que se las escondiera, o si él se las sacó a alguien…
- No es fácil saber lo que pasó aquellos días en esta zona, esto era una frontera. El terreno o la casa que un día eran de un bando, al día siguiente era del otro. Gente que estaban en un sitio, querían pasar al otro, a veces porque pensaba que estaban mejor, otras porque se les había quedado la familia en la otra parte, o la casa.
- Joaquín, estamos a dos pasos del final de esta historia, no vamos a pararnos aquí, tenemos que seguir adelante, en la buena dirección. Si le parece bien, vamos a dividirnos el trabajo, Vd. buscará información en el archivo militar, en el histórico, allá donde pueda haber un papel que de cuenta de lo que pasaba aquellos días en la Cardelina. Yo consultaré por internet hemerotecas, informes oficiales, lo que sea.
Y así, hablando hablando, se nos pasó un buen rato. No habíamos terminado todavía de hacer proyectos y propósitos, cuando sonó el teléfono. Era Javier, que llamaba para decir que tenía novedades. Le dije que Joaquín estaba en casa conmigo y que nosotros también teníamos muchas cosas que contarle. Suplicó ¡No os mováis, por favor, que llego en 20 minutos!
Curiosamente, pensé, Javier, que era mucho más joven que yo, siempre me había tratado de tú, mientras que el comedido Joaquín, casi de mi edad, aún me hablaba de Vd. Cosas.
Bueno, cuando llegó nuestro periodista, le soltamos todo lo que habíamos “descubierto” atropelladamente. Y lo que nos imaginábamos, también.
Entonces, nos empezó a contar él sus noticias que, desde luego, se complementaban muy bien con las nuestras. Explicó que, a raíz de aquél artículo en el que acababa pidiendo colaboración ciudadana, para informar sobre el coche francés parado delante de la ermita, recibió una llamada telefónica en su casa. Un señor, que debía ser ya mayor a juzgar por el timbre de la voz y lo que gritaba, se identificó como Miguel, “el palomero”, y le dijo que podía explicarle algo que seguro que le podía interesar. Le dio la dirección de su casa y le dijo que podía ir a verlo cuando quisiera. Javier fue para allí volando (metafóricamente hablando), inmediatamente.
Miguel, desde luego, parece ser que era bastante mayor. Llevaba un chaleco negro, una boina en su cabeza y un bastón, sólo le faltaba una faja en la cintura. Vivía en las afueras de Huesca, en la carretera a Barbastro. Cerca de su casa, llamaba la atención una especie de rascacielos en miniatura, o, para ser más exactos, una caseta de cuatro pisos, estrechísima, que había construido. El último de aquellos pisos era el palomar. Al lado de la puerta de entrada a este pretencioso torreón, había puesto un banco de madera, bastante confortable por cierto, y fue allí donde nos contó Javier, que pasaron todo el rato que duró la charla, bastante tiempo.
- Mira, chico –le dijo Miguel- ya sé de qué casa eres y conozco a tus padres, sobre todo a tu padre. Buena gente. Yo te voy a contar lo que ví ese día, para que lo sepas, pero no me metas en ningún follón, ya he pasado bastantes en mi vida, ahora solo quiero tranquilidad, entendido ¿verdad? Así es nada de declaraciones ni emplear mi nombre para nada.
Javier le contestó que no se preocupara, y el hombre siguió con su historia:
- Aquél domingo, me llegué un momento por la mañana al taller de maquinaria agrícola que hay allí cerca del hospital –explicó-. Por las mañanas siempre está por allí el dueño, hasta los festivos, y quería hablarle del problema que tengo ahora con el tractor. Bueno, sea como sea, cuando volvía a casa, en lugar de pasar por tanta autovía, rotondas y no se cuántas tonterías más que van haciendo para marear al personal, yo voy siempre por los caminos vecinales, los que van de finca a finca o de casa a casa, vamos los de toda la vida. Los días de cada día aún te vas encontrando algún vehículo, pero los domingos no se ve ni un alma. Ese día, justamente, antes de llegar a san Roque vi que venía a toda velocidad un coche de La Cardelina y que iba a la ermita. Y al pasar yo por allí, vi que había un coche rojo aparcado y que sacaban cosas de allí para subirlas al coche que acababa de llegar. No me preguntes marcas, porque no conozco ninguna, ni colores, porque no los veo. El rojo se me ha quedado porque es el único que distingo. El otro coche, era obscuro, no se nada más”.
Se percibía que Miguel quería ser un testigo fiel a lo que había visto, y daba su testimonio lo mejor que podía.
-“Sobre cuantas personas había, tampoco es que te pueda decir nada –prosiguió Miguel- porque no las distinguí, ni se si eran hombre o mujer, aunque una cosa sí que te puedo asegurar, y es que el del coche obscuro llevaba el pelo bien cano, vamos, blanco como la nieve. Y es que lo pude ver bien, porque cuando pasaba yo por allí justamente estaba él levantando  la puerta del maletero de su coche, y dudé si era hombre o mujer por aquél pelaje, pero al agarrar las maletas de los otros, entonces me di cuenta  que era varón".
Después de haber repasado varias veces todo lo que Miguel vio aquella mañana y, viendo que ya no podía aportar más sobre este tema, Javier cambió de tercio y le preguntó a su informante.
- Miguel, ¿y Vd. no se acordará de un zagal de la Cardelina que marchó después de la guerra a Francia?
- Hubo varios, ¿no me preguntarás eso por Pedro Mur?
- Pues sí, justo por él ¿Cómo se le ocurre eso? ¿Vd. lo conoce? ¡Que casualidad! –le dijo Miguel
- ¡No lo he de conocer! –exclamó- tonteé muchos años con su hermana Pilar, pero al final no pudo ser. Era maja aquella chavala. Pedro era un desgraciado, buen chico donde los haya, pero la guerra le cambió mucho.
“Un día, te hablo ya de hace muchos años -continuó Miguel bajando el tono de voz- la guardia civil iba preguntando a la gente si sabían algo de Pedro, qué amigos tenía, que vida llevaba… parece que se sospechaba que se había quedado algo que no era suyo, no se sabe cómo. Hasta se habían corrido voces que guardaba lo que fuera en la cabana. En más de una ocasión se la encontraron removida de arriba abajo.
- Si guardara un tesoro, ya lo habría venido a buscar –le dijo Javier riendo
- A lo mejor no ha podido –contestó Miguel pensativo.- El caso es que un conocido mío que tiene las tierras al lado, les pidió si la podía emplear solo unos meses, pero no quisieron dejársela de ninguna manera. Dijeron que Pedro, desde Francia, había dicho que ni se les ocurriera meter a nadie. Ellos sabrán.




viernes, 28 de octubre de 2016

Capítulo 12


CAPÍTULO 12

Anita y su información determinante

A partir de este momento, los cuatros sabuesos nos lanzamos a la investigación como quien se lanza de un avión sin paracaídas, a cuerpo gentil, por no decir a tumba abierta… No esbozamos un programa de actuación, ni nos molestamos en establecer un orden de prioridades, nada de nada. Parecíamos unos posesos, con el único propósito de gritar al mundo ¡lo hemos descubierto! ¡lo sabemos todo! ¡eureka! Y no era verdad que ya lo supiéramos todo, lo único que (más que saber intuíamos), era que la verdad estaba ya muy cerca, a la vuelta de la esquina.
Algunos de los pasos que nos acercaron a ella, fueron los siguientes:
Supimos que los Palacio se marcharon de Huesca al poco tiempo de ocurrir la desgracia de su hija. Se fueron a Madrid, ciudad en la que todavía reside su hijo. Y aún mantienen en propiedad la casa en la que vivían en la capital oscense.
Mucha gente los recuerda todavía y cada uno tiene su versión de los hechos. No entraremos en detalles, solo nos interesa para nuestra historia decir que era una familia acomodada, y que él era un rico negociante, con intereses en varios sectores. Eso sí, todas las personas consultadas, nos aconsejaron que acudiéramos para tener información a Anita, una señora que había vivido con ellos prácticamente toda su vida, hasta que se casó. Ella mejor que nadie, sabía y podría decirnos lo que pasó en aquella familia.
Decidimos buscar los contactos necesarios para que Anita nos recibiera y, también analizamos con atención, quién de nosotros cuatro tenía más posibilidad de inspirarle confianza y lograr que hablara. Llegamos a la conclusión de que iríamos Joaquín y yo. El por su edad y su conocimiento de aquella sociedad en la que se desarrollaron los hechos, lo que podría ayudar a Anita a recordar situaciones y nombres. Yo, por ser la “víctima” que necesitaba la verdad para salvarse y podría inspirarle lástima.
Llegado el día de la esperada entrevista, me vino a buscar a casa Joaquín más pulido que de costumbre (¡que ya es!) y por un segundo tuve la sensación de que me invitaba a cenar a la luz de las velas o algo así, pero en un ejercicio de profesionalidad detectivesca, los dos nos pusimos a preparar el encuentro con Anita y estudiar las preguntas clave que debíamos hacerle a la entrevistada, etc. que, desde luego, no nos sirvieron para nada porque fueron otras.
Conversación. Joaquín Agrasot
Anita vivía en una casita de un pueblo pequeño en los alrededores de Huesca. Desde luego, aunque parecía que pasábamos desapercibidos entre los vecinos que nos encontramos en las inmediaciones de su casa, después supe que había bastante expectativa por el encuentro y que, por supuesto, todos sabían quiénes éramos y por qué estábamos allí.
Después de tocar el timbre, oímos que nos abrían la puerta y un ¡adelante! atravesamos una coloreada persiana hecha de cuentas de madera y nos encontramos directamente en la cocina de Anita. Allí estaba ella, menuda y bien arregladita, junto a un sacerdote alto y delgado y, desde luego, mayor que ella, que ya es decir.
Nos presentamos y le dimos las gracias por recibirnos. Ella, sonriente, dijo que estaría allí Don Francisco para ayudarla, porque ella a veces se armaba un poco de lío con las fechas y las cosas en general…
Empecé el desbloqueo yo. Les conté quién era, por qué estaba allí, qué me había pasado, cuánto necesitaba saber la verdad y, como habitualmente soy muy llorona, pues lloré. Creo que eso sirvió para ablandarlos y predisponerlos hacia nosotros, aunque Dios sabe que no lo hice a posta.
Anita nos contó que su madre ya había trabajado en casa de los señores Palacio toda la vida, y ella estuvo en aquella desde que nació, pues allí se la llevaba su madre mientras trabajaba, con mucho cuidado de que su niña no molestara a nadie y fuera una presencia discreta en aquella casa. Allí Anita comía lo que comían los hijos de la casa, Mª Jesús y Andresito; jugaba con ellos a lo que ellos jugaban:, conocían a las mismas personas y estaba enterada de las mismas noticias que el resto de  la familia. No sería de bien nacida, nos dijo Anita, decir una sola palabra en contra de aquellas personas que le dieron todo lo que necesitó, tanto en la infancia como en la juventud. Hasta la dote que llevó cuando se casó, se la dieron ellos, no hay más que decir.
Pero cuando uno se va haciendo mayor, continuó Anita, pasas de la diversión de los juegos a los problemas de la vida sin darte cuenta. Y en este momento, hizo una pausa para mirarme fijamente a los ojos, y supe que no se quedaban allí afuera, sino que se me metían por dentro y me miraban el alma, estuviera donde fuera que la tuviera. Y hasta allí llegó Anita preguntándose si podía abrirme su corazón y contar lo que nunca había contado a nadie, y parece ser que la respuesta fue que sí, porque entonces, miró a Don Francisco, puso sus manos encima de la mesa, cerró los ojos y empezó su historia.
“La señorita María Jesús, que así me hacía llamarla mamá cuando no estábamos solas, a medida que fue creciendo se convirtió en una chica muy guapa. Como íbamos juntas prácticamente a todas partes, menos las salidas que hacía con sus amigas, pues nadie mejor que yo sabe el interés que despertaba entre los jóvenes y menos jóvenes. A las mujeres también les caía muy bien, porque era amable y simpática y tenía una palabra para todo el mundo, no era nada tímida ni tampoco pretenciosa.
Comprábamos casi todos los comestibles para la casa en una tienda de ultramarinos que había en la misma calle, “Hnos. Nadal”, según rezaba el rótulo azul marino con letras amarillas que estaba encima de la puerta de entrada y del escaparate, y que ocupaba todo el espacio de la fachada. Como la tienda era pequeña, solo trabajaban allí los dos hermanos, pero nunca estaban ni sus mujeres ni sus hijos, aunque eventualmente, cuando traían género nuevo para la tienda, se veía a alguno de ellos por allí echándoles una mano para ordenar la mercancía. El mayor de aquellos chavales era Raúl, un chico alto y guapo, que a pesar de que era muy dicharachero, en cuanto veía acercarse por la tienda a María Jesús, se quedaba pasmado.
Bueno, no hace falta que les cuente cómo van estas cosas. El caso es que al final, Raúl y María Jesús se hablaron, se escribieron y se pusieron a pensar en compartir un futuro. La madre de ella algo se barruntaba y procuraba convencer por las buenas a su hija de que aquella relación no le convenía, pero iba aguantando la situación pensando que ya se les pasaría, sin embargo, cuando aquello llegó a oídos del padre, entonces sí que se armó la marimorena. Se puso como un energúmeno y lanzaba reproches para todos, para su mujer, por haberle ocultado todo, para mi madre y para mi, por lo mismo; para los Hermanos Nadal por existir y, desde luego, para “la tonta” de su hija y para Raúl, en el que concentró todo su odio. La verdad es que para aquél roto no se vislumbraba ningún arreglo, y nadie sabía cómo podían terminar las cosas. Y como las desgracias nunca vienen solas, en medio de este jaleo empezó la guerra del 36.
Cuando a veces pienso en todo aquello, no encuentro explicación a muchas de las cosas que pasaron. Y es que tal y como vivimos ahora, no hay respuestas a muchas preguntas, como “¿qué necesidad tenían de hacer lo que hicieron?”, “¿cómo se les ocurrió hacer eso?”. Pero es que no se pueden comparar las cosas, entonces todo era inseguridad y miedo, y se iba tomando decisiones que te cambiaban la vida según lo vivido el día anterior o las últimas noticias de la radio.
El caso es que los hermanos Nadal y su familia, de la noche a la mañana dejaron la tienda y regresaron al pueblo de donde eran originarios, en la misma provincia, que en aquellos momentos estaba bajo el mando republicano. Nadie consideró los rumores que apuntaban a que les habían cesado el alquiler de la tienda, que se encontraron con problemas para seguir teniendo el establecimiento abierto... Todo el mundo “bien” al que pertenecía María Jesús, tenía claro que lo de los Nadal fue una elección política porque, nada más hacer el cambio de residencia, todos los chicos de la familia, que hubieran tenido que defender la capital ante el asedio de las “hordas marxistas”, estaban luchando precisamente con ellas.
Para hacer la historia más corta, que me parece que ya me alargo mucho, les diré que María Jesús y Raúl pese a los kilómetros que pusieron por medio y la situación complicada que se vivía, tuvieron ocasión de verse alguna vez. Aquellos encuentros peligrosos y dramáticos fueron la causa de otro acontecimiento que cambiaría aún más sus vidas, pues ella quedó embarazada. Entonces, fue cuando pensaron que era el momento de tomar una decisión importante que llevaban meditando hacía unos meses: marcharse juntos a alguna parte. ¿Dónde? Igual daba, cualquier sitio podía ser mejor que en el que estaban, aunque cabía la posibilidad de que fuera peor, pero no había elección. Finalmente, optaron por Francia, donde Raúl tenía familia y confiaban en encontrar ayuda los primeros tiempos. Se pusieron manos a la obra para prepararlo todo, la salida de casa, a quién se lo dirían, cómo irían, qué llevarían.
María Jesús se confió a su madre, que con todo el dolor del mundo aceptó la decisión de su hija y prometió guardar silencio. Pero, como un secreto crece y crece dentro del pecho si no se comparte, y como si fuera una mala hierba absorbe el oxígeno de los pulmones hasta no dejar respirar, pudiendo provocar desfallecimientos y hasta la muerte, al final aquella mujer necesito trasplantarlo a otro lugar, que fue el corazón de mi madre. Además, la necesitaba,a porque no hacía nada sin ella.  Desde luego, yo ya lo sabía todo desde el primer momento.
Y aquellas pobres mujeres se pusieron a prepararlo todo. En un par de bolsas de tela, que debía de llevar camufladas bajo su falda repartieron las joyas de la madre de María Jesús, y también las de su abuela materna, y las que le dio la abuela paterna. Y cada una de aquellas piezas guardaba un recuerdo, una historia:
-“En este lacito de oro –le decía su madre- le cuelgas a tu hijo, al nietecito mío que no conoceré, la medalla de María Auxiliadora. Y esta medalla de la Virgen del Pilar, póntela tú, para que ella os proteja. Fue un regalo de mi hermano cuando tú naciste. Y esta sortija de la flor con diamantes, guárdala bien, que vale mucho y te puede sacar de apuros. Era de mi suegra, se la compró su marido cuando celebraron los diez años de matrimonio, poco antes de que el pobre hombre se muriera de repente…”.
Hasta llevaban objetos de valor camuflados entre la comida y la ropa, en los dobladillos de las faldas...
Llegó el día de marchar, que Mª Jesús  y Raul mantuvieron en secreto, para que la inquietud y la pena de los seres queridos no les traicionara. Más que día casi fue noche, porque después de cenar y retirarse en su habitación, María Jesús cogió lo que tenía preparado y salió de casa sin que nadie se enterara.  Bueno, yo sí que estuve con ella hasta el final –dijo Anita- aún no puedo pensar en el abrazo que nos dimos sin ponerme a llorar…”.
Y, efectivamente, Anita derramó abundantes lágrimas, que se secó con un pañuelito de tela bordado. Una vez recobrada la calma, continuó:
“Les he contado todo lo que yo sé. De lo que pasó después, no puedo decirles nada. Oficialmente nunca se supo nada… El padre de Raúl, consiguió un día acercarse a la señora y contarle lo que él sabía. Parece ser, le comentó, que alguien había traicionado a los pobres chicos, pues sabiendo que iban con cosas de valor les quiso robar, aunque para eso tuviera que matarlos. No había que calentarse la sangre pensando si era uno de los de este bando o del contrario, si era rojo o era azul, lo único cierto es que fue un mal nacido, que no merecía respirar sin sufrimiento mientras viviera”.
Joaquín y yo nos miramos. La declaración de Anita encajaba como anillo al dedo con nuestra historia, pero ¿cuál era el nexo?
- Anita –le pregunté cogiéndole las manos- ¿nunca se sospechó de nadie? ¿no se comentó en la familia quién pudo haberlo hecho?
- Pues sí, ¿para qué voy a seguir negándolo a estas alturas? – fue una sospecha que se les metió en la cabeza a la Sra. Palacio y a mi madre, que se compenetraban tanto que parecía que en vez de dos cerebros tenían solo uno. La verdad es que algo de razón no les faltaba.
Venía mucho por casa la viuda de un maestro, que se había quedado sola con su hijo en Huesca y no tenían allí ni familia ni a nadie. Era una mujer muy prudente y voluntariosa, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y se tenían mucho cariño con mi ama. Por un motivo o por otro también aparecía por allí a menudo Julito, su hijo. Era un chaval educado y parecía responsable, pero era muy reservado y uno no sabía muy bien de que pie cojeaba… Siempre miraba todo con atención, te escuchaba de una manera que parecía que pasabas un examen  y sonreía en raras ocasiones. Más que inspirar confianza, inquietaba.
Cuando estalló la guerra no se sabía muy bien si estaba con los unos o con los otros, y esta posibilidad de moverse entre dos aguas y la confianza que le daba a Mari Jesús el verlo por casa, hizo que se fiara de él cuando Raúl se marchó de Huesca. Les hacía de mensajero. Es por eso que estaba al corriente de todos los planes, él sabía cuándo se iban a escapar, dónde querían ir y con qué pensaban subsistir. Como conocía bien la zona que tenían que atravesar, hasta les sugirió el camino que debían tomar y dónde descansar. El resto vino solo, no se necesita ser muy listo para saber lo que pasó… Para semejante demonio no debió plantear ningún problema sorprenderlos cuando más indefensos estuvieran, acabar con ellos y hacerse con el botín.
La madre de María Jesús y la mía no estuvieron nunca de acuerdo en darle tanta confianza a Julito, bien lo sabe Dios, pero los jóvenes son más confiados y les cuesta entender todo el mal que puede llevar a hacer el dinero. El caso es que, cuando pasó lo que pasó, las dos mujeres no tuvieron ninguna duda de que aquella desgracia fue cosa suya. Ni tenían pruebas ni podían acusarle de nada, pero cuando lo oían nombrar se les revolvía la sangre. Verlo, prácticamente ya no le volvieron a ver el pelo por aquella casa, un resto de decencia le debía quedar y no volvió a aparecer por allí. La madre sí que iba a visitarlos, pero nunca le nombraba ¡quién sabe lo que tuvo que sufrir aquella buena mujer! De todos modos, ella también murió al poco tiempo y entonces fue cuando su hijo se puso de policía ¡así podría estar bien enterado de todo! Y se echó novia, una chica de un pueblo de por aquí cerca. Ella sí que debió verle el plumero, porque después de algunos años de relaciones lo dejó de la noche a la mañana”.
La entrevista con Anita duró bastante más que este relato. Tenía una memoria prodigiosa y parecía un testimonio veraz. Cuando le confesamos que también nosotros creíamos que el inspector Julio Sánchez tenía algo que ver con lo que había  pasado en mi caso, nos recomendó que nos moviéramos con cautela, porque era mal enemigo. También nos aconsejó que fuéramos a hablar con los hermanos de Raúl. No sabía si continuaban en el pueblo pero, aunque no quedara ninguno allí, alguien habría que nos podría contar la verdad, al menos, su versión de los hechos.


Capítulo 8


Capítulo 8º

Un árbol genealógico

Me preparé un tomate con atún de lata, porque pensé que debía comer algo. Después, me tomé un yogur, puse un poco de orden en la cocina y me marché a mi habitación. Tenía allí instalado el ordenador y, antes de ponerme a dormir, quise mirar el correo, a ver si había alguna novedad. Y ¡la había! ¡no me lo podía creer! lo que leí me sobrepasaba. Tenía un mensaje de Claudine que decía:
“Chère M. J. notre ami Victor viens de m’envoyer l’arbre généalogique de Tony. Je te montre un petit résumé, j’espère que ça será d’intérês pour tes recherches”, y me detallaba nombres, lugares y fechas de todos los acontecimientos familiares de los Mur. Voy a presentarlos en forma de árbol descendiente, limitándome a los nombres que nos interesan, para no liarme más de la cuenta.


FAMILIA de los MUR
LÍNEA MATERNA de ANTONIO LEMONIER MUR (1) (Tony, el muerto)
La Cardelina
___________________________________________________________________________
Pilar Mur Abadía                    Carmen Mur Abadía                  PEDRO MUR ABADÍA (6)
x: La Cardelina, 1946             x: La Cardelina, 1940                           x: Pau, 1945
Francisco                                Martín  (Guardia Civil)                                                                                                                                                                                 JOAQUINA CARRERA (7)
___________________          =============                     __________________________
Lola   Carmen                                                                   Mariana (3)         Teresa      Brigitte 
                                                                                                x:
                                                                                          Lemonier            =============
                                                                                         _________
                                                                                          Tony Lemonier (1)

FAMILIA de los MUR. LÍNEA MATERNA de ANTONIO LEMONIER MUR (1) (TONY, el muerto), nacido el 9 de mayo de 1973, hijo de A,L, (2) (Línea francesa) y de MARIANA MUR CARRERA (3).
MARIANA MUR CARRERA (3) (la madre de TONY), nacida el 4 de octubre de 1941, hija de PEDRO MUR ABADÍA (6) y de JOAQUINA CARRERA SANMARTÍN (7).
PEDRO MUR ABADIA (6), el abuelo materno del mencionado Tony, nació en La Cardelina. después de la guerra se marchó de España y se fue a vivir a Francia. Allí conoció a JOAQUINA CARRERA (7), española también, y se casaron en el año 1940 en Pau. . Dos hermanas de Pedro se habían quedado en el pueblo con la madre, que era viuda. La mayor de ellas, Pilar, contrajo matrimonio con un chico del pueblo y se quedó a vivir allí, pero la pequeña, Carmen, se casó con un guardia civil, un tal Martín,  y estuvo viviendo por muchos lugares de España.
Pedro Mur (6) y Joaquina (7) además de Mariana (3) tuvieron otras dos hijas. A principios de los años 60, Joaquina Carrera quiso regresar a La Cardelina para cuidar de sus padres, que la necesitaban y querían nombrarla heredera de la hacienda familiar (no mucha cosa) y como la relación con su marido hacía tiempo que no funcionaba bien, pues decidió que aunque él no quisiera regresar al pueblo, ella sí que lo haría. Desde luego, Pedro no se quiso marchar de Pau y su hija mayor, Mariana, tampoco, por lo que la familia se dividió y la madre regresó a La Cardelina con las dos hijas menores. De estas hijas, sabemos que Teresa se casó en Huesca y no tuvo hijos, y la pequeña, Brigitte, se marchó a trabajar a Barcelona y ya no volvió. 
Así, pues, de esa familia MUR en el pueblo solo quedaba una rama con descendientes de una hija de Pilar (hermana de Pedro Mur), dos chicas que se llamaban Lola y Carmen. Sin haberse llegado a pelear nunca, lo cierto es que entre la familia de Francia y la que quedó en el pueblo, casi no existía ninguna relación. De tanto en tanto se escribían para darse alguna noticia, como algún fallecimiento o alguna boda, pero poco más.
Pedro siempre estuvo un poco dolido con su hermana Pilar, porque nunca le había hecho llegar ni una peseta de lo que daban sus tierras de La Cardelina, que, al fin y al cabo, seguían siendo suyas. Pilar, por su parte, estaba un poco recelosa del “francés”, y siempre decía que no sabía para quién trabajaban tanto ella como su familia, porque igual llegaba un día en que se encontrarían sin nada, ya que estaba todo a nombre de su hermano. El testamento de Pedro, que también llegó a manos de sus hermanas, trataba de poner las cosas en su sitio para evitar problemas en la familia y aclarar la situación.
Pero, bueno, lo que importa para nuestra historia es que, Tony, una de las víctimas, tenía familia en el entorno, allí al lado, en La Cardelina y, sin embargo, nadie se había pronunciado ni dicho nada, ni en público ni en privado (se hubiera sabido también) cuando salió la noticia en el periódico y se especulaba sobre la identidad de las víctimas. ¿ a quién le interesaba, pues, quedar al margen de lo ocurrido y que se ignorara su existencia?
De repente, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Una y otra vez una imagen con su nombre escrito alrededor, aparecía en mi pensamiento y encendía todas las alarmas: Pedro, Pedro, es un nombre común, pero no tanto… Desde luego, el que mi vecino tuviera el apellido Mur, aunque fuera en tercer o cuarto lugar y se llamara Pedro no se podía ignorar, es más, debíamos tenerlo muy en cuenta.
Nerviosa, con tantas ideas y tantas sospechas, pensé que si no le contaba estos pormenores genealógicos a alguien no podría descansar, así es que llamé a Joaquín y, atropelladamente, le di todos los nombres y fechas que Claudine me había enviado. Entre que el tema de apellidos era un poco lioso y que Joaquín tenía el aparato de televisión a toda potencia, me dio la impresión de que no se enteraba de nada. Quedamos en que ya miraríamos los datos juntos al día siguiente. Me metí en la cama, abrí la página de los pasatiempos y me dormí.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Capítulo 7


Capítulo 7º

Un nuevo colaborador en la investigación


Joaquín, el “detective” recomendado por Javier, me llamó por teléfono aquella tarde. Se notaba que era la voz de un señor mayor (igual era más joven que yo) no muy largo de conversación. Probablemente se le daba mejor escuchar que hablar. Me preguntó qué es lo que me interesaba exactamente, y le dije que me gustaría saber en qué hotel se habían alojado el chico francés y su novia cuando estuvieron en Huesca. Se trataba de averiguar cuánto tiempo permanecieron en la ciudad, si pidieron alguna información especial, si se les vio relacionarse con alguien, en fin,  que teníamos que procurar conseguir la mayor información posible sobre ese viaje. Hablamos con Joaquín de la conveniencia de que, una vez hechas estas pesquisas, pasara él por mi casa para darme cuenta de las novedades y fijar la siguiente estrategia. Como parecía que estábamos los dos un poco ansiosos por empezar el trabajo, decidimos fijar la entrevista para el día siguiente por la tarde.
Después de la charla telefónica con Joaquín, me sentía bastante contenta, pensando que iba por buen camino y que algo se estaba avanzando en la resolución de aquél lío. De todos modos, como en aquél momento no me apetecía hacer nada y ya me estaba entrando sueño, alrededor de las 7 llamé por teléfono a Pedro y Marisa para decirles que me iba a acostar ya. Cogió el auricular ella y se lamentó de que todavía no me había visto desde que yo había regresado de Barcelona y que tenían pensado venir a hacerme un poco de compañía esa noche, pero les expliqué que estaba muy cansada y que ya nos veríamos al día siguiente. Pedro quiso ponerse al teléfono y me preguntó qué me había parecido Javier. Le dije que me había dado muy buena impresión y que parecía que quería ayudarme. Me recomendó que no me fiara demasiado y que no dudara en consultarle a él cualquier duda que tuviera sobre lo que se debía hacer, con quién hablar, etc. Se lo agradecí (de palabra) y les di las buenas noches.
Aquella noche, alguien tiró unas piedras a una de las ventanas del salón, y consiguieron romper un gran cristal. Al oír el ruido del impacto me desperté sobresaltada y tuve miedo,, pero cerré mi habitación con llave, pensé “que sea lo que Dios quiera” y me volví a dormir enseguida. Cuando me desperté ya no me acordaba de nada y me extrañó ver la puerta de mi habitación cerrada. Al bajar al salón pude ver el destrozo. Pensé que debía informar a Sánchez, aunque, semejante personaje, era capaz de pensar que me había entretenido en romper el cristal yo misma. Llamé:
- Sr. Sánchez, buenos días. Le llamo para comunicarle que, esta noche me han roto los cristales de una ventana del salón.
- ¡Vaya! Había que esperarse algo así, porque la gente está nerviosa ¿A qué hora ha sido eso?
- Pues no podría asegurarlo, pero creo que era alrededor de las 3 –le dije.
- Bueno, no puede decirse que sea Usted muy diligente a la hora de llamar a la policía, porque en mi reloj son ahora las 12 del mediodía –recalcó con su insufrible voz – ya han pasado algunas horas...
- Sí, se me ha hecho un poco tarde, es que me he despertado hace poco rato –me justifiqué.
- Puede decirse que es una persona afortunada, tiene Vd. un sueño profundo… -comentó con sorna.
- Sí, gracias a Dios no me puedo quejar. Oiga, Sr. Sánchez, quería saber si tengo que pasar por la comisaría para denunciar la rotura del cristal o puede pasar otra persona en mi nombre, con una autorización mía. Es que no me gusta mucho salir de casa estos días –le expliqué.
-Ya comprendo, no me extraña que tema algún incidente, porque, como es lógico, la opinión pública, como le he dicho, está muy exaltada. Nadie comprende como a estas alturas, pasados ya dos meses de los hechos, todavía no hay nadie en la cárcel –y esta frase sonaba a amenaza.
-¡Pero eso no será culpa mía! - le dije- que yo sepa no es responsabilidad mía encontrar al asesino o asesinos.
Sánchez dudó un segundo, se ve que no sabía por dónde llevar la conversación para meterme un poco de miedo:
- Si se siente acosada llámeme, hay personas que quieren tomarse la justicia por su mano y…
Le interrumpí:
- mire, Sr. Sánchez, que si se supiera claramente dónde está la Justicia, no importaría que la gente se pusiera a tomarla por la mano, pero eso es muy difícil de saber, y muchas veces las personas llegan a conclusiones equivocadas, porque son manipuladas
Sánchez no entró al trapo, me cortó por lo sano y dio por terminada la conversación, no sin soltar la puntilla final:
- Bueno, pues para la denuncia no hay problema, pasará ahora un agente por su casa. Y, felicidades, porque parece ser que ha encontrado un digno defensor de su causa.
- ¿Defensor de mi causa? No creo que tenga ni defensor ni causa -le contesté.
- Ya sabe, me refiero a su amigo Javier Lozano, que ha tomado posición por Vd. en su artículo de esta mañana.
- Perdone ¿en qué periódico se ha publicado ese artículo? –dije haciéndome la sueca.
- En el E.D.A
- Muchísimas gracias - le dije mientras colgaba el auricular con fuerza, antes de que (me imagino) hiciera lo mismo él con el suyo, como solía hacer habitualmente. Ya estaba harta de oír su voz disparando dardos.
Necesitaba el periódico urgentemente, para ver por dónde iban las cosas, así es que llamé a Marisa y Pedro que, quizás estaban un poco molestos conmigo por no haber querido verlos el día anterior.
Cogió el teléfono Marisa y estuvimos comentando lo del cristal del salón: quién habría sido, quién me lo podría reparar, etc. Después le pregunté si tenía el periódico y me dijo que sí, que me lo alcanzaba enseguida. Salimos a la calle, charlamos un rato más y me metí en casa con el periódico. Fui corriendo a buscar el artículo de Javier y ya, sólo el título, me pareció muy adecuado. Lo titulaba “Verdades a medias” y ponía las dos fotos, una con Claudine, Tony y yo, los tres juntos, y la otra, con la foto cortada por la mitad, solo con las imágenes del joven y la mía, tal y como se publicó.
Javier se interrogaba en su escrito por qué se había hecho ese recorte en la foto, quién estaba interesado en manipular la verdad. También se planteaba dónde estaba la presunción de inocencia; por qué era más fácil creer en la culpabilidad que en la inocencia de una víctima, etc. Me gustó mucho. Con la argumentación que ofrecía el escrito, se invitaba al lector a reflexionar por sí mismo y a no dejarse llevar por declaraciones de nadie ni titulares de prensa sensacionalistas.
Después de comer pasó el policía para ver los desperfectos sufridos en el salón y me dijo que ya podía hacerlo reparar. Pedro me envió a un carpintero conocido suyo que trabajó duro para que aquella misma noche tuviera otro cristal en la ventana. Y Joaquín, mi detective particular, me anunció visita alrededor de las 7. Un día a tope.
Llegada esa hora, apareció Joaquín por casa. Debía tener unos 60 años, así es que era más joven que yo, pero muy apocado. De vitalidad y ánimo parecía que tenía por lo menos 75. Se le veía afable, discreto, educado. Era bajito y llevaba gafas.
- Hola, Joaquín -le dije- me alegro de conocerle. Me han hablado muy bien de Vd. y yo confío que su ayuda me permitirá resolver el caso. Dígame,  ¿cómo le ha ido el primer día? ¿Ha empezado con buen pie la investigación?
- Pues, creo que sí. Ahora le cuento.
Y nos sentamos en el saloncito. Antes de hacerlo, le pregunté si quería un café, una cerveza o cualquier otra cosa y me dijo muy despacito:
- ¿No tendrá Vd. algún moscatel u otro vinito dulce?
Y así fue cómo, alrededor de un vasito de vino y sin prisas por llegar a ninguna parte, me puso al día de lo que había descubierto.
Me contó que Tony y Fátima se habían alojado en el Hotel El Sol. Llegaron un viernes por la tarde un fin de semana muy tranquilo, así es que el personal del hotel estuvo muy atento a ellos. Eran una pareja discreta, hablaban en voz bajita, no se hacían demasiadas carantoñas, parecían casados. Ella era una chica guapita, que vestía normal y él iba con bermudas todo el tiempo. Como ahora la gente no usa el teléfono de la habitación, no se registró ninguna llamada, ni tampoco pidieron información sobre ninguna dirección. La gente joven, con sus teléfonos lo saben todo, lo controlan todo. Lo único destacable es que tenían que estar hasta el lunes, pero pidieron  la cuenta y se marcharon el domingo.
- Ha sido una suerte que haya localizado el hotel donde se alojaron, Joaquín, porque si llegamos a esperar a localizar un equipaje abandonado, nunca lo hubiéramos descubierto.
- Hay otra cosa importante que he podido averiguar -añadió- La mañana del domingo dejaron el coche en el que viajaban, un Renault de color rojo, en la ermita de San Roque y allí estuvo hasta que lo encontró la policía cuando ya era casi de noche. ¿Qué harían por aquellos parajes tantas horas?
- Ahí puede estar la clave, Joaquín, eso es lo que tenemos que averiguar, si lo descubrimos sabremos quién era su contacto, la persona con la que se vieron –le dije entusiasmada.
- No será fácil que alguien los haya visto, porque aquella zona está muy desierta y nunca se ve a nadie por allí, pero lo podemos intentar –asintió mi interlocutor.
- ¿Sabe que nos iría muy bien? - le dije, me imagino que con expresión de loca, porque estaba exaltada- tendríamos que pedirle a Javier que publicara en el periódico un aviso de búsqueda, pidiendo que si alguien vio bajar o subir a alguien de ese coche, un Renault rojo tal y tal, pues que nos lo diga lo más pronto posible.
- No sé cómo lo verá él- dijo mientras se le veía reflexionando- quizás para el periódico sea involucrarse mucho en el caso. Probablemente a la policía no le gustará que se tomen esas iniciativas.
- Es Vd. más juicioso que yo, Joaquín-  le confesé- Si le parece bien, consultaremos esta noche con la almohada y, según lo que la prudente consejera nos haga saber, pues hablaremos con Javier y le pediremos lo del anuncio o no haremos nada. ¿De acuerdo?
Así quedamos, y mi detective especial se despidió hasta el día siguiente.


lunes, 24 de octubre de 2016

Capítulo 6

                         Capítulo 6º

Recogiendo información y preparando la ofensiva


Después de su viaje a Toulouse, Víctor, vía Claudine, me transmitió el resultado de las pesquisas:
1.   Tony se había ido de vacaciones a España, porque quería visitar el pueblo donde había nacido su madre. Solo había estado allí una vez, cuando era pequeño, y no había hecho nada por volver, pero, en ese momento de su vida y tal vez por la influencia de Fátima, su novia, se sentía interesado en conocer sus raíces familiares; saber cuál fue el modo de vida de su familia materna; dónde y cómo vivieron y  ver si se sentía parte integrante de aquel mundo, al que, al menos una parte de él, pertenecía.
2.     -  Se habían ido con Fátima en coche, y tenían pensado hospedarse en Huesca. Según les contó a sus padres, Tony pensaba encontrarse con un familiar con el que había establecido contacto por internet.
3.       Su familia no sabía nada más. Tony era muy buen chico pero reservado y, ya se sabe cómo es la gente joven, si por casualidad se ponía a contarles algo y ellos le hacían una pregunta más de la cuenta al respecto, se cerraba en banda otra vez,y no conseguían sacarle nada más. No hubo manera de saber con que familiar pensaba encontrarse en Huesca. Eso sí, cuando llegaron allí enseguida les llamó por teléfono para decirles que habían tenido buen viaje y que todo iba bien.
Vale, pensé, si se relacionaba con alguien del pueblo ¿por qué nadie había dado ninguna información sobre él, después de publicarse su foto e identidad? Un poco raro era esto... Así pues, lo primero que había que hacer era averiguar quién era ese contacto misterioso que se había identificado como un familiar y, para saber eso, había que volver al lugar de los hechos, mi casa.
Vuelta al hogar
Pillé el autobús al día siguiente, tan pronto como pude y sin consultar con nadie. Aproveché el trayecto para enviar mensajes a la familia avisando del cambio de residencia, para que no les diera por pensar que me habían raptado o alguna cosa semejante. Una vez en Huesca cogí un taxi en la estación, que me llevó a la urbanización. El conductor no paraba de mirarme por el espejo retrovisor, pero ni él me dijo nada ni yo tampoco. Entonces comprendí por qué me había ido…
Cuando llegué a casa sentí una sensación agradable, allí estaban mis cosas y sentía la presencia de un montón de recuerdos bonitos a cada instante   ¿por qué tenía que renunciar a esto por culpa de unas mentes retorcidas? ¿ qué le había hecho yo a aquél asesino en serie para que hubiera elegido mi casa como osario?
Al poco de estar allí encendiendo luces y revisando todas las habitaciones, por si encontraba algún intruso, vivo o muerto, llamaron a la puerta. Era Pedro:
- Pero ¿qué es esto? Vienes sin avisar. Te hubiera podido ir a buscar a la estación –me dijo.
- Hola, Pedro ¿cómo estáis? ¿ cómo van las cosas por aquí?
- Nosotros estamos bien, pero, la verdad, si me hubieras pedido consejo sobre si debías volver o no, pues te hubiera dicho que no.
- ¿Aún piensan mis vecinos que me colecciono cadáveres? ¿no se quedaron tranquilos cuando se vio dónde y por qué existía aquella foto mía con una de las víctimas?
- Bueno, ya sabes que no hay peor sordo que el que no quiere escuchar, el que quiere pensar mal siempre tiene motivos.
- Gracias, Pedro, tranquilo, ahora no me puedo entretener porque tengo que hacer un par de llamadas. Ya pasaré a saludar a Marisa, o que venga ella cuando quiera ¿de acuerdo?
- ¿Necesitas que te compremos algo? Tengo que ir al supermercado ahora.
- No, gracias, ya pediré por teléfono. Perdona si no te hago caso.
Cuando se marchó, me puse a hacer lo que estaba programando mentalmente mientras hablaba con él:
Primero, avisar a Sánchez de que ya estaba de regreso; se iba a pegar un susto (evito decir de muerte, por si acaso). Segundo, llamar al supermercado para que me trajeran un pedido, porque tenía hambre. Tercero, ponerme en contacto con la prensa local. Si se podía destruir a una persona con un artículo, también se debería poder salvarla. Empecé con la lista de mis deberes, es decir, llamar al comisario:
- Hola, Sr. Sánchez, le llamo para decirle que ya he regresado y estoy otra vez en casa –le dije.
- Sí, ya me había enterado
- ¡Sí que está bien informado!
- Todo lo que atañe a la seguridad pública, es una prioridad para este departamento
¡Toma ya!, pensé, yo también ataño a la seguridad pública y no me hace ni caso.
- Bueno, pues -le contesté sin entrar al trapo- si le puedo ser útil en algo, aquí estoy.
- Lo tendré en cuenta. Gracias por llamar - y me colgó de golpe, a lo bruto.
Me quedé pensando unos segundos, ¿de verdad sabía que había vuelto o se marcó un farol? En el primer caso ¿quién se lo había dicho, si no vi a nadie? La verdad es que podía haber sido cualquiera, porque en un lugar así una ventana cerrada tiene ojos, pero resultaba muy inquietante.
Pasé al punto 2. Hice por teléfono el pedido al supermercado y creo que exageré un poco, porque más que para atender las necesidades de una persona daba la impresión de que era para alimentar a una familia numerosa, pero es que no quería perder el tiempo cada día con compras.
Punto 3. Prensa local. Llamé por teléfono al periódico principal, E. D.A. del que no digo todo el nombre porque no es cuestión de hacer publicidad a nadie, no vaya a pensar algún listillo que me han subvencionado este libro. Me identifiqué y pedí si podía  ponerme en contacto con el responsable de los temas de sucesos o la persona que hubiera tratado mi caso, que, por supuesto, todavía era actualidad.
Rápidamente se puso al teléfono un señor, que dijo estar muy interesado en mi versión de los hechos, y quedamos que aquella misma tarde vendría a verme. Me pidió que no avisara a nadie más antes de hablar con él, y le dije que no había problema, le esperaría. A las 4 en punto de la tarde, ya estaba en casa.
El periodista se llamaba o, mejor dicho, se llama, Javier. Es un joven de unos cuarenta y pico años, alto y un poco desgarbado. No se sabe muy bien por qué, pero emana de su persona una sensación de fragilidad, de inseguridad. Quizás esta impresión es el resultado del mensaje que trasmite su estructura ósea, que se percibe poco estable, inclinada, como si estuviera empezando a caerse. La asimetría de los hombros, uno más alto que el otro; la ligera curvatura de su columna vertebral hacía adelante; unos brazos que no se acaban nunca, con las manos colgándole en los extremos, que parece que más que prestarle algún servicio le están estorbando, todas estas cosas y otras particularidades, le daban  ese aire poco firme e indeciso. Y el que esa falta de determinación y dureza acompañara también su manera de ser y de pensar, era una esperanza para mí. Mejor dudar que creerse un superdotado en posesión de la verdad. Después, al ir conociéndolo, descubrí que era una persona más fuerte y determinada de lo que había imaginado, para mi bien. 
Le ofrecí un café y nos sentamos alrededor de la mesa del comedor. Me pidió si podía grabar la conversación, a lo que asentí, y él tomaba sus notas en una libreta. Empecé la conversación:
- Javier -le dije, tuteándolo porque era tan joven como mis hijos y no me salía decirle de usted -  sé que este caso que te voy a contar es bastante rocambolesco y difícil de entender, yo soy la primera que no comprendo qué es lo que ha podido pasar. Los hechos ya los conoces, pero de la manipulación que se ha hecho de ellos no se si estás al tanto, y es evidente. Podemos poner como ejemplo de ello, el uso que se hizo de la famosa foto de una de las víctimas conmigo. Después de que apareciera en prácticamente toda la prensa nacional, yo envié la imagen original a todos los medios, en la  que se nos veía a los dos, a una de las víctimas y a mí, con una amiga, pero prácticamente nadie la publicó. El lector, o la persona que la vio por televisión, se ha quedado solo con la primera impresión, la que insinuaba que había una buena relación entre uno de los muertos y yo. 
Javier, yo no sé lo que está haciendo la policía, a mí no me cuentan nada, pero para mí es muy importante solucionar este asunto pronto. Mi vida ha cambiado de la noche a la mañana totalmente. La gente me mira con recelo, se especula con lo que no se sabe, remueven en la vida de mis padres, de mis hermanos, no es justo, yo no he hecho nada malo.
- A la gente le extraña que no hayas cogido un abogado –dijo él
- Pero ¿para qué? Yo no estoy acusada de nada, nadie me tiene que defender ante nadie. Sin embargo - admití- me gustaría mucho contar con alguien de plena confianza que pudiera hacerme la investigación que yo personalmente no puedo hacer, porque soy demasiado visible. ¿No conocerás a nadie que pueda ayudarme?
- ¿A qué te refieres exactamente? -me preguntó. El también me tuteaba, le debía recordar a su madre.
- Mira, unos amigos me están ayudando desde Bélgica y Francia. Uno de ellos ha ido a hablar con los padres de Tony, una de las víctimas. Ellos le comentaron que su hijo les llamó por teléfono cuando llegaron a Huesca, para decirles que todo iba a bien y que se alojaban en un hotel. No tiene que ser difícil, sabiendo los días que estuvieron aquí, recabar información del hotel en el que estuvieron. Seguramente la policía ya lo habrá hecho, pues probablemente dejarían su equipaje abandonado, pero dada la falta de comunicación que existe entre Sánchez y yo, no he podido saber nada de todo eso. 
- No te preocupes, conozco la persona adecuada, es de aquí, de toda la vida, y conoce a todo el mundo y a los padres de todo el mundo... El te ayudará. Se llama Joaquín y estoy seguro que se tomará con interés tu asunto, ya verás cómo te llamará esta misma tarde o por la noche, lo más tardar. Ya quedaréis entre vosotros. Teresa -me dijo meditando sus palabras- me interesa este caso, porque creo que dices la verdad. Voy a hacer todo lo posible para que puedas demostrar que no tienes nada que ver con lo que ha pasado en tu casa. Sólo quiero pedirte una cosa, y es que confíes en mí y me dejes apropiarme un poco de tu historia. Lo que me has contado, si lo escuchan cinco personas harán cinco versiones distintas, y yo creo que eso no es bueno. Es mejor elegir la más conveniente y trabajar para hacerla consistente y convincente.
- Hecho, no voy a llamar a ningún periodista más. Eso, sí, Javier, creo que tenemos que tener mucho cuidado en no confiar en nadie. No es fácil en un entorno como el nuestro mantener un secreto, pero es que tenemos el enemigo en casa y, para vencerle, nadie debe saber nada de lo que hacemos.
Antes de acabar la frase, el timbre de la puerta sonó. Allí estaba Pedro que, como era habitual, ya se había plantado en el recibidor.
- ¿Cómo van las cosas? ¿Todo bien? Hombre, pero si tienes visita (dijo estirando el cuello hacia el salón) - ¿Qué tal, don Javier? –le preguntó mientras seguía su avance hacia la sala)- ¿Informándote en el lugar de los hechos? ¿lo publicarás mañana?
- Hola, Pedro, sí, aquí estamos hablando con Teresa -contestó Javier con voz firme- Si no te importa, me gustaría continuar la entrevista, porque tengo que marcharme enseguida.
Pedro no tuvo más remedio que elevar anclas, mientras con un tono de voz un poco burlón decía:
- Vale, vale, me voy, que no quiero molestar, ya compraré el periódico.
Javier y yo nos miramos con complicidad. ¿Ni a Pedro? ¡ ni a Pedro! No había que descubrir nuestro juego a nadie. Habíamos superado el primer asalto, pero teníamos que seguir atentos para que nuestro asunto fuera top secret, al menos, mientras duraba la investigación.


jueves, 20 de octubre de 2016

más intermedio

Conversación nº 2, también resumida

Hoy me he preparado una excusa y he llamado yo a mi nieto.
Nada más descolgar el aparato, me ha dicho:
- Hola, yaya, yo también quería llamarte ahora, porque tengo que preguntarte algo. ¿Puedo hablar ya?
- Claro que sí - le he dicho yo - dime ¿qué es lo que quieres?
- ¿Tú conoces a la gallina Piruleta? ¿Sabes si ha existido realmente?
- Hombre - le he contestado lo más seriamente posible- yo creo que es una canción, aquella de "la gallina Piruleta, ha puesto un huevo ha puesto dos, ha puesto tres..." - le he canturreado.
- Sí, pero ¿ha existido de verdad?  - ha insistido él.
- Podría ser, aunque no lo sepamos. A lo mejor el que escribió la letra de la canción se inspiró en una gallina que conocía... que se llamaba Piruleta - he intentado darle un mensaje esperanzador.
- Es que también existe la gallina Caponata, pero ya se que no es lo mismo. ¿Podrías mirar en internet lo que dicen de ellas?
- No te preocupes, lo haré esta noche y mañana te llamo para contártelo ¿de acuerdo?
- Será ya un poco tarde, pero no te preocupes -me ha dicho.
- ¿Lo necesitas saber para hacer los deberes del colegio?
- No, es para decírselo a mis amigos, pero no te preocupes, puedo decirlo otro día.
- Muy bien, guapito. Yo te llamaba para contarte que he descubierto unas cartas Pokemon que bla, ,bla, bla....
Pero este asunto lo dejamos en el aire porque es mucho más comprometido, porque abarca temas tan delicados como cuáles son las cartas buenas, las falsas, cómo se distinguen, etc. ¡Que bonito es tener tantas cosas de que hablar con una criatura de seis años!

Intermedio con sonrisa


Haremos una pausa en la truculenta historia que os estoy refiriendo, para comentar algo agradable. Se trata de lo siguiente:
Unos de los momentos más esperados del día, para mi, son los que paso hablando por teléfono con mi nieto de seis años. Muchos kilómetros nos separan, pero escuchándole la voz puedo ver su divertida carita y sentirlo muy cerca. Esta es una de nuestras conversaciones.

Conversación resumida (de anteayer, sin ir más lejos)



Mi nieto me ha preguntado qué tal estaba. Le he dicho que bien, pero que la pierna izquierda estaba tontorrona y no me dejaba caminar. El ha soltado el clásico "¿por qué?".
- Son los años -le he contestado - si tuviera alguno menos hasta podría correr y todo.
- Yaya - ha añadido sin tardar y, estoy segura, sin inmutarse lo más mínimo - ya se lo que podríamos hacer.
- Dime, guapito, soy todo oídos.
- Vamos a hacer cosas de magia. Si quieres, tú puedes darme diez años tuyos y yo los pongo con los míos, se van de ti y vienen a mi. A mi me gustaría tener 16... ¿quieres que cambiemos diez o veinte años? 
- Mira, con diez ya me iría muy bien, porque seguro que lo de la pierna se me pasaría. Y para ti, tampoco iría mal, porque 16 es una edad preciosa, ¿te imaginas con 16 años? seguro que estarás guapísimo. Oye, ¿hay que pagar algo? eso debe costar dinero...
- No, es todo gratuito. Tienes que completar un papel con unas preguntas y nada más. Y firmar.
- Vale, perfecto. ¿Cuándo puedo hacer lo del papel y echar la firma?
- Ya te lo diré. Ahora tengo que pedirle a papé (su abuelo paterno) que me haga una varita mágica como la de Harry Potter, él trabaja muy bien la madera y la sabrá hacer bien.
- Estoy contenta con esta idea que has tenido, guapísimo. Muchas gracias por querer ayudarme. Esperaremos la varita mágica. Te quiero mucho.
- Yo también. Buenas noches, yaya. Besitos.