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martes, 13 de junio de 2017

Excursión fin de curso



Miércoles
Mi nieto se va a marchar con los niños de su clase a pasar unos días al campo.  Desde hoy, miércoles, hasta el viernes. Ayer me dio la noticia, todo alborozado:

- Yaya, si me llamas mañana no me encontrarás en casa. Y el día después, tampoco, porque no estaré.
- ¿No estarás? ¿dónde vas? - le pregunté.
- Vamos toda la clase a estar unos días en el campo. Tenemos que estudiar los pájaros, la Naturaleza,  el bosque...
- Vais a aprender un montón de cosas, ya me contarás.
- Sí, vamos a aprender, pero también habrá tiempo para jugar. Y voy a dormir con mi amigo D.
- ¿No es un poco revoltoso?
- Sí, pero nos lo pasamos bien. Te llamaré cuando vuelva, yo creo que a las 4.30...
- Tranquilo, que a lo mejor estás cansado, ya hablaremos.
Viernes
A las 7 de la tarde, como no he sabido nada del peque, llamo yo por teléfono:
- Hola, cariño ¿qué tal ha ido la excursión?
- Grr, hhhh, grr...- y en un tono muy muy bajito, precisa - No puedo hablar...
- Te has quedado afónico ¿verdad? Tranquilo, hablamos otro rato, solo quería saber si estabas bien. Muchos besitos.
Sábado
- Yaya, ya puedo hablar.
- ¿Qué tal lo has pasado? ¿Has cantado mucho?
- Es que hicimos una fiesta disco, y bailamos todo el rato.
- ¡Que chulo!

- Sí, nos lo pasamos muy bien, porque F. sacó a bailar a 20 niñas y todas le dijeron que no.
- ¡Pobre criatura! ¿por qué hacen eso las niñas? ¿no sois todos compañeros? eso no está bien.
- Yaya, es que es muy tonto y muy chuleta.
- Y las niñas ¿es que no pueden salir a bailar solas, sin que las invite un chico?
- Sí, ya lo hacen, pero es más divertido si las invita un chico.
- ¿Y viste muchos pájaros en el bosque?
- Sí, pero lo más divertido fue la fiesta-disco.
- Me alegro de que te lo pasaras bien, guapísimo. 




Viernes

viernes, 2 de junio de 2017

sandía


Ya hace días que no escribo nada sobre las conversaciones con mi nieto, y es que estoy muy liada y no tengo tiempo. Es tan cariñoso que ahora anda contando los días que faltan para que vaya a verlos. Espero no defraudarlo.

- ¿Qué tal estás, guapito? - pregunto.
- Bien ¿y tú? Faltan tres semanas para que vengas a casa. ¿Sabes? vas a tener suerte porque ya podrás comer sandía - me dice todo ilusionado.
- ¿Sandía? ¡que buena! me encanta.
- A mi también. Y es que ya hemos tenido 30º de temperatura y ya hay sandía.
- La venden cuando hace calor ¿verdad?
- Sí, pero si algún día llueve, también la venden -
- ¡Estupendo!
- ¿Sabes, yaya? cerca de casa, a unos diez minutos, o cinco, hay un sitio donde se puede jugar a balón-cesto. Yo creo que te gustará. Ya hemos ido tres veces con mamá, y he metido dos goles, pero ella me gana.
- Claro, es que ella aprendió a jugar cuando era niña...
- ¡No! lo que pasa es que es más alta.
- Eso es verdad, así no se puede... pero si quieres, cuando esté con vosotros podemos estudiar unas tácticas defensivas, para que no pueda tirar a cesta, y otras tácticas de ataque, para marcar nosotros, y a lo mejor le ganamos.
- No te preocupes, cuando sea tan alto como ella le gano.
- Bien dicho, valiente, ¡es cuestión de tiempo!
   

domingo, 30 de abril de 2017

voy de boda



Conversación con mi nieto, vamos por la nº 11

Este jueves pasado llamé a mi supernieto para despedirme, pues el viernes iba a salir de viaje:
- Hola, guapito ¿estás bien?
- Sí ¿y tú?
- Muy bien. Os llamo ahora para deciros adiós, porque me voy de viaje para ir a una boda.
- Sí, mamá nos lo ha dicho. Pero, yo no conozco al señor que se casa ¿verdad?
- No, no lo conoces. Es un chico muy simpático, pero no os habéis encontrado nunca.
- Pero ¿el conoce mi existencia?
- Perdona, tesoro, ¿qué me preguntas?
- Si conoce mi existencia.
- ¡Claro que sí! todo el mundo que me conoce a mi, conoce tu existencia, eso seguro.
- Yaya ¿sabes una cosa? se me está moviendo un diente definitivo.
- ¿Uno de los que te tienen que durar para toda tu vida?
- Sí, uno de esos. Es que hoy he jugado de portero, y D. hace muchas faltas y me ha tirado el balón a la cara, en toda la boca, y ahora me duele.
- Lo siento, hijo mío, si no se pasa tendrás que ir al dentista ¿verdad?
- Sí, porque D. juega muy bruto y..... .... ...  
- Gracias por todo lo que me cuentas, tesoro, te quiero infinito.
- Yo también, yaya.


sábado, 22 de abril de 2017

Desayunos, joyas, enamoradas...



Ayer tuvimos esta charla (abreviada) mi nieto de siete años y yo: 

- Hola, yaya.
- Hola, cariño, ¿estás bien?
- Sí, todo va bien. Faltan once semanas y algunos días para que vengas a vernos.
- ¿Los cuentas, chatito mío? ¿tienes ganas de que nos veamos?
- Sí. Y yo creo que estarás bien cuando vengas.
- Eso, seguro.
- Para desayunar podrás tomar un zumito de naranja o de manzana, galletas de chocolate y de otras clases... lo que quieras.
- ¡Que bien! ¡se me hace la boca agua!
- Y te lo pasarás bien. Te puedo enseñar a jugar los videojuegos que tengo, puedes leer libros, y seguro que te encantan mis libros de Tintín en francés. 
- No me va a dar tiempo de hacer tantas cosas....
- Yaya, ¿tu tienes algún collar que en la parte que se cierra haya un sol? 
- ¿Que el cierre sea un sol? pues no, estoy casi segura de que no. ¿Por qué me lo preguntas?
- Es que D. mi mejor amigo, se ha encontrado uno por la calle, y lo ha cogido y ahora se lo quiere regalar a su enamorada.
- Pero ¿tu crees que es una cosa de niños o es un collar bueno?
- No se, es que como hay un sol en el cierre no estábamos seguros de si es un collar... Es que D. me vuelve loco, porque tiene tres enamoradas y no quiere jugar al fútbol.
- Pero, ¿que hace con tanta enamorada, por Dios? Y tú ¿también tienes alguna?
- No, a mi me gusta jugar al fútbol y ya soy muy bueno.
- ¿Aún juegas de portero?
- Ya no, me he lanzado a meter goles y juego de delantero.
- Bueno, guapito, ya me dirás como termina el asunto del collar ¿de acuerdo?
. Y ¿sabes? ahora a D. le han cambiado la cama, y ya no tiene la que era como la mía, es una muy grande, y puede dormir allí una persona mayor.
- Tú también te la tendrás que cambiar pronto, estás muy alto.
- Sí, cuando cumpla 8 años me la cambiarán...
- Bueno, cariño, que se me están quedando las judías verdes como un puré. Hablamos otro rato. Te quiero infinito.
- Y yo también.


sábado, 1 de abril de 2017

Vengo de la Luna





Vengo de la Luna.
He hecho un viaje de siglos.
Me ha traído hasta aquí
la voluntad firme
de querer vivir
donde están los míos.
He sembrado todo el camino
de recuerdos que no comen los pájaros,
porque quiero dejarme abierta
la posibilidad del regreso.
Al llegar he encontrado flores,
pero sé que después habrá frutos
y luego hojarasca,
porque en la Tierra 
todo es efímero.
Pero  yo quiero vivir
el vértigo de lo caduco
y me he disfrazado de terranáuta
y he aprendido el lenguaje
de lo sin sentido.
Conozco los sentimientos quebradizos,
y la imposibilidad de estos seres
de medir con sus reglas
amores infinitos.
Pero aquí es,
donde están los míos.

viernes, 24 de marzo de 2017

En el aeropuerto. PM-1



Situación equívoca


Me equivoqué al elegir este vuelo de las 9 de la mañana, no tiene ningún sentido que me haya tenido que pegar semejante madrugón… Claro, cuando vi un vuelo que salía a las 9 pensé, ese está bien, es una hora razonable, pero aunque la hora de salida lo fuera, la hora a la que me he tenido que levantar, no. ¡A las 6.45 me he tenido que pedir el taxi! Y LEVANTARME, A LAS 6. Ahora estoy que no me aguanto ¡que poco me gusto! Pudiendo elegir, elijo lo peor, es una tendencia en mi.
¿Qué puedo hacer? Estoy desde hace media hora sentada aquí en la sala de embarque para ir a La Coruña y aún me falta una hora de espera ¡no puedo más! Me duele la pierna de la trocanteritis y la de al lado, debe ser por solidaridad… Me duele la espalda, y el final de la espalda según se mire (pero digamos que me refiero a aquella parte que está más alejada de la nuca), y me resulta difícil mantenerme sentada, no encuentro la posición. Si al menos hubiera algún responsable de la compañía, le diría que me ayudara, pero no hay nadie, ni los pasajeros han llegado todavía.
Bueno, hablando de pasajeros, allí veo uno, El sí que vive feliz, ¡míralo allí tumbado ocupando tres butacas! Y durmiendo, sin preocupaciones de encontrar la postura correcta. ¡Ya me gustaría a mi poder tumbarme…!
¡Alto! ¡esto es importante! ¿POR QUÉ PUEDE TUMBARSE ÉL Y NO UNA SERVIDORA? Repito ¿por qué él sí y yo no?¿dónde está escrito que él, por ser joven tiene unos privilegios que yo no merezco? ¿o es porque él es chico y yo chica, digo, señora mayor? Es igual, yo no puedo más, tengo que elegir entre tumbarme en las butacas o por el suelo, esto es la guerra, así es que opto por las butacas en un primer intento.
Se ve que nada más tumbarme me quedé frita, me dormí en el acto. Pero, no habrían pasado unos minutos (quizás más) cuando me desperté sobresaltada ¿cómo no iba a estarlo? Un montón de personas revoloteaba en torno mío. Unas me daban palmaditas en las mejillas, con más o menos gracia y fuerza; otras me levantaban los brazos lentamente para dejarlos caer a lo bruto... Había hasta quien se contentaba con agarrarme la pierna por el zapato, para mover los pies haciendo círculos.
Todas estas maniobras gestuales venían acompañadas de palabras sin sentido: “Señora, señora, despierte ¡no está sola!”, “¡Abra los ojos! ¡ánimo!” y cosas por el estilo. Lo que más me sobresaltó es cuando dijeron “Ahora viene un médico, tranquila, la van a atender”…
En cuanto tuve alguna autonomía de movimiento, eché una mirada al joven que se había pegado la siesta tumbado tan ricamente sin que nadie le dijera nada. Ocupaba el mismo sitio,  estaba con los pies encima de la butaca, sin calcetines, haciendo lo que le daba la gana y sin que nadie se metiera con él. No hay derecho.
Alguien podrá pensar que esto es un caso de discriminación positiva, pues la gente se preocupa por una señora mayor ¡error! Simplemente se supone que a mi edad he tenido que aprender a aguantarme y comportarme y se espera que lo siga haciendo hasta el final de mis días, y no se concibe otro comportamiento para mi, muy diferente del que se les exige a otros... a quienes se les justifica todo porque son jóvenes.
Meditaciones aparte, voy a concentrarme en lo que le tengo que contar al médico para que no haya hecho el paseillo hasta mi en vano, y que no encuentre ningún inconveniente en que me suba al avión que me llevará a La Coruña, ¡tengo que ver a mi nieto!  


viernes, 17 de marzo de 2017

Besitos


Técnica

Ayer por la tarde regresé a casa después de haber estado unos días con mi nieto pequeño, que acaba de cumplir 11 meses. Y lo primero que hice, fue llamar a mi hija, para decir que ya estaba en casa. Hablé con mi supernieto:
- Hola, cariño, ya tenía ganas de hablar contigo. ¿Estás bien? Ya sabes que he estado con tu primito, está muy gracioso, y ya se quiere poner de pie todo el rato -le dije.
- Y ¿te ha dado besitos?
- Hombre, besitos besitos no, arrimaba la cabecita y se dejaba dar.
- Es que a mi me dio uno con sus labios.
- ¡Que enchufado! pero ¿seguro que te dio un besito?
- ¡Sí! ¡seguro! vino con la boca cerradita y me dio el beso. ¿Quieres que te diga la técnica para que te de besos?
- Vale, dímela.
- Primero juegas con él, para que se habitúe a estar contigo, y luego tú le das besitos, para que aprenda cómo se dan, y después, él también quiere hacer lo mismo y si te pones cerca, te lo da.
- ¡Que pena que no lo he sabido antes! hubiera podido probar... Bueno, la próxima vez que lo vea lo haré. Gracias por explicármelo. Te quiero mucho guapísimo.
- Yo también te quiero mucho, yaya.




jueves, 9 de marzo de 2017

El día "D"



de DESCUBRIMIENTO


Un día u otro tenía que pasar, y ha sido hoy. Mi queridísimo nieto, siete años recién cumplidos, me ha dicho por teléfono.
- Yaya, ya lo sé.
- ¿Qué sabes, guapito mío?
. Que los regalos de San Nicolás me los traen mis padres y los de Reyes tú - me ha dicho con rotundidad.
- ¿Estás seguro de lo que dices? - no quería precipitarme...
- Sí. Papá le ha dicho a mamá que ya podía decírmelo.
- ¿Te lo han dicho así de repente o lo has preguntado tú?
- Lo he preguntado yo.
- Y ¿cómo estás? ¿estás triste?
- Un poco, pero no importa.
- Aunque sean los padres o los abuelos los que compran los regalos, eso es bonito ¿verdad? los mayores se ponen de acuerdo para que los niños pequeños pasen unas fiestas felices.
- Sí. 
- Y hasta hacen mucho teatro ¿verdad? El alcalde va a saludar a los Reyes Magos y su comitiva, la televisión hace reportajes especiales... todo para que los niños estén contentos.
- Sí.
- Bueno, cariño, ya tienes siete años y estás descubriendo muchas cosas. Algunas de ellas son más bonitas cuando se es pequeño, pero, lo importante es  que te estás haciendo mayor.
- Ya sé lo que haré este año para San Nicolás... -me interrumpe- Como papá y mamá me hacían ponerle al lado de la chimenea una zanahoria, galletas y una cerveza, y se lo tomaban ellos, pues este año pondré garbanzos, que a mamá no le gustan, ¡y se los tendrá que comer!
- ¡Buena idea! ¡y nada de galletas ni cerveza! ¡agua!
Y es que todas las cosas tienen su lado positivo... Dicen.

                    

domingo, 12 de febrero de 2017

La secretaria amable



y un secretario muy borde


Perdí mi credibilidad en el despacho del notario, toda. Y de la manera más tonta.
Por una cuestión familiar, tuve que llevar un día unos papeles al despacho del notario. Me abrió la puerta de aquél lúgubre  piso un tipo alto y un poco siniestro, que, no sé por qué, desde el primer momento me dio la impresión de que en sus ratos libres era taxidermista. El caso es que, tampoco sé por qué, ese escalofrío que me dio al mirar la figura del probable taxidermista, me trajo a la memoria la última vez que había estado allí, cuando, estoy casi segura, me había atendido una señorita muy amable que se llamaba Roser, así es que, por curiosidad y por hacerme un poco la simpática y romper el hielo, le pregunté al señor raro si había trabajado antes allí una señorita llamada Roser.
 
El tipo me miró con atención, interrogándose para adentro lo que le pareció oportuno, pero, desde luego, sin dignarse sacar nada para afuera, y contestó categórico:
- No, aquí no ha habido ninguna señorita Roser.
Nada más oír eso, estuve segura de que sí, que había habido una Roser y de que si no estaba en ese momento por algo sería, como por ejemplo, que él la hubiera descuartizado.
Este pensamiento sin consistencia alguna, fue tomando forma y al medio minuto de haberlo esbozado se presentaba en mi cabeza como si fuera una situación vista y oída, vamos, vivida. Por un momento, yo misma me maravillé de mi clarividencia, de cómo había detectado al asesino monstruoso nada más verlo y su horrible crimen. Y fui más lejos en mis cavilaciones y corazonadas, llegando  a la conclusión de que si ya tenía identificado al asesino y a su víctima, sólo me faltaba descubrir el móvil que había conducido a aquella tragedia.
¿Por qué un monstruo semejante podía querer hacerle daño a una persona tan amable como a la pobre señorita Roser?
Había muchas probabilidades, desde luego: podía ser que él quisiera el puesto de trabajo que ella tan bien desempeñaba; o, quizás, él se había enamorado de ella pero ella le rechazó; o él se había aprovechado de un cliente en apuros (¡se conocen tantas, historias en una notaría!), y ella descubrió el negocio turbio que se llevaba entre manos y lo iba a denunciar al notario… o ¡quién sabe! igual el nuevo empleado trabajaba en connivencia con el notario y ella quiso denunciarlos a los dos y él se adelantó a acabar con ella en una especie de defensa propia…
Bueno, estaba claro que si quería resolver ese caso, lo que se necesitaban eran pruebas, no conjeturas. Tenía que desenmascarar al asesino y ¡vive Dios que lo haría!
Lo primero que se debía hacer en una situación así, era transmitirle al sospechoso cierta inseguridad, que supiera que sabíamos lo que había hecho, que se diera cuenta que era acosado, que estaba en observación. ¿Por quién? Por mi, evidentemente. Y no es broma, que como dice el dicho chino, o japonés, “nadie hay tan pequeño que no pueda arañar” y por muy poquita cosa que yo fuera, estoy segura que él intuiría que tenía enfrente una rival de armas tomar. Bastaba hacerle notar mi determinación y fuerza, quizás esa presión le haría cometer algún desliz….
Movilicé mis X kilos de la silla, me puse erguida con calma, miré unas fotos que había en la pared y di una media vuelta rápida, enfocándome completamente delante del presunto, que sentado detrás de un mostrador de madera, fingía mirar unos papeles, mientras me lanzaba miradas intermitentes.
- Perdone – le dije- así pues… - intercalé una pausa para aumentar la tensión- Vd. dice que no ha trabajado aquí la señorita Roser…
- No, no ha habido ninguna señorita Roser.
- Me acuerdo perfectamente de ella –añadí, clavando mi mirada en sus gafas, porque hasta los ojos no llegué- era una persona muy amable.
Silencio, el tipo raro no decía nada, debía estar encajando el mensaje. Al final, después de mostrar cierto desconcierto, volvió a mirar sus papeles. No digo “concentrarse” en ellos, porque era evidente que estaba rumiando mis palabras. ¡Vale! ¡vamos por buen camino!, me dije a mi misma, se está poniendo nervioso, muy nervioso diría yo.
Al cabo de unos minutos, que le debieron parecer interminables porque yo no le quitaba ojo de encima y lo notaba tenso, se levantó y fue hacia una de las salas. Volvió al poco rato con unos papeles en la mano.
- Dice el señor notario –me comunicó- que lleve Vd. estos documentos al despacho de su abogado para que acabe de completar el dossier y, cuando ya lo tengan todo, nos los vuelvan a hacer llegar.
- ¿Qué falta ahora? - pregunté
- El abogado se lo explicará.
Como recordé que el bufete del abogado estaba bastante cerca de allí, fui directamente. Nada más llamar a la puerta, salió a abrirme su secretaria, la señorita Roser.
-¡Ah! ¡que sorpresa! (se me escapó)- ¡Está Vd. aquí! ¡que alegría! –le dije
- Hola, Sra. Torres, cuanto tiempo sin verla. ¿Ya ha ido al notario a llevar el informe que preparamos?
- Sí, pero me han dicho que necesito otro documento, aquí se lo explica –le dije alcanzándole los papeles.
Después de abrir un sobre cerrado, que parecía lo último añadido al dossier, la señorita Roser, que lucía su mejor sonrisa, pasó su mirada por encima del texto y, de repente, su expresión risueña se transformó en una especie de mueca, como la cara de una muñeca horrible.
- ¿Qué me falta llevar ahora? - le pregunté
- Un informe del psiquiatra, en el que certifique que Vd. no tiene ningún trastorno mental…
¡El imbécil del taxidermista! ¡eso era jugar sucio! Casi estuve a punto de lanzarme al cuello de la pobre señorita Roser y apretarlo con fuerza, a ella,  que era tan amable y no tenía la culpa de nada.
En aquél momento, decidí no parar hasta desenmascarar a aquél monstruo, a aquella mente fría y maquiavélica, aunque... bien pensado... ¿de qué le iba a acusar? ¡ya no había víctima ni móvil, ni, consecuentemente, asesino! 
(Creo que la que suscribe debería estar un tiempo sin ver la tele...). 



   

miércoles, 8 de febrero de 2017

Consecuencias de la lección de moral




De como una "mentirijilla"
puede acarrear complicaciones



Sabía que mi clase de moral tendría consecuencias, y así ha sido. Y es que no me quedé muy tranquila con la lección que yo, encarnando el personaje de profesor Gardield, impartí en el colegio de peluches... 
La verdad es que me di cuenta en aquél mismo momento, cuando, actuando mi nieto en nombre del peluche monito (recomiendo leer la entrega anterior, para entender de qué va la cosa...) me preguntó a mi, profesor Garfield, si se podía decir alguna vez una mentira pequeñita para evitar problemas mayores, y yo le dije que sí... ¡error! me perdió la tentación de querer parecer una abuela simpática y traviesa, porque quería que él (mi nieto) me sintiera próxima y divertida ¡pecado de abuela!
El caso es que ayer me llamó mi hija para que supiera que mis clases de moral habían tenido un efecto pésimo: por mi culpa habían tenido que castigar a mi "alumno" (es decir, a mi nieto, porque el mono sigue ajeno a toda esta historia).
Resulta que le habían puesto en la cartera escolar durante algunos días, cada mañana, una manzana para que la comiera en el tiempo que para eso tienen asignado en el cole. Y cada tarde le han preguntado los atentos padres ¿te has comido la manzana? pregunta inocente donde las haya, a la que el peque invariablemente ha contestado, durante los tres o cuatro días, que sí. Y todo, con el único fin de que hubiera paz y armonía en la familia, por lo que, si bien se mira, lo único que puede decirse de ese comportamiento es que demuestra ser un niño sensible y detallista.
Lo malo ha sido, que de repente los progenitores han encontrado el cuerpo del delito (= una manzana) en la papelera de una habitación, y otro cuerpo del delito (otra manzana) en otra papelera, y una tercera fruta estratégicamente camuflada no me acuerdo donde me han dicho... En fin, que se han ido recuperando las manzanas que había dicho que se había comido, con lo que ha quedado al descubierto una mentira en toda regla, así como un plan de ocultación de pruebas con todos los agravantes posibles.
Lo siento, cariño mío, no te lo expliqué bien ¡es tan difícil precisar las cosas! ¿quién puede decir exactamente dónde acaba una mentirijilla y dónde empieza una mentira? ¿cómo puedes imaginar tú, inocente criatura, que tus padres va a ser más felices oyendo lo que no quieren oír ("no me he comido la manzana porque no me gusta") que escuchando precisamente lo que ellos quieren que les digas? (sí, me he comido la manzana). Lo sé, todo esto es muy complicado, para un niño y para una persona mayor...
Por eso, para el próximo día que juguemos a colegios con los peluches ¡me pido profesora de geografía!

martes, 7 de febrero de 2017

una especie de poesía


Al campesino

El campesino. J..L. Millet

Has caminado mucho
a lo largo y ancho
de aquellos prados.
Has sopesado concienzudamente
que sembrarás este año
y el año que viene.
Has abierto las carnes a la tierra
y la has alimentado.
Dentro has guardado
la semilla y la esperanza.
Ahora vigilarás los pájaros intrusos
y los engañarás con fantoches
de ropas y palos
y escudriñarás el cielo,
día a día,
a ver si al fín manda agua.
Cuando los ruidos de la ciudad
hayan acallado las palabras
y acabemos todos
siendo carne de psiquiatra,
volveremos a ti,
el inmutable,
tosca caja de caudales,
a beber de lo que guardas
a espigar de tus verdades,
y con experiencia de siglos,
conocedor de flores y faunas
llevarás nuestro ego prefabricado
a las nubes
y montañas.

mjf




domingo, 1 de enero de 2017

La moral y las mentiras


Los peluches van a clase de Moral


Ayer por la tarde estuve jugando con mi nieto mayor que, justamente ayer, cumplía 7 años. El elige siempre a qué vamos a jugar y, en esta ocasión, decidió montar un colegio por todo lo alto, al que asistían cinco alumnos, cinco peluches que encontramos por casa. Las clases las impartían tres profesores, uno que daba Cálculo, otro Lengua francesa y el tercero Moral o Religión. Era el mismo profesor para las dos asignaturas, solo que en unas clases tocaba un tema y en otras, otro.
Lo primero que hicimos, iniciativa del peque, fue elaborar una lista con la elección que los padres habían hecho para sus hijos sobre estas materias. El resultado fue de 4 alumnos que se habían decantado por Moral y el quinto, el pingüino concretamente, cuyos padres habían optado por la Religión. Yo insinué que, como estaría solo el animalito, no importaba demasiado si iba a clase de Moral, y allí el profesor le podía dedicar alguna enseñanza a él en particular, pero mi nieto fue categórico: NO, los padres del pingüino habían elegido Religión y tenía que ir a clase de Religión.
Así las cosas, y como el profe de Moral y Religión todavía no tenía la facultad de la palabra (es un peluche  Garfield), tuvo que hablar a través de mi voz y dar la clase de Moral, lo que me pilló por sorpresa.

Dediqué la lección a la Verdad y la Mentira, e intentamos reflexionar juntos de por qué hay que decir la verdad, a quién hace daño la mentira, etc. Después de la teoría, llegamos a los casos prácticos y les dije a mis alumnos si querían hacerme alguna pregunta. Un monito de la última fila pidió la palabra (que le prestaba mi nieto) y confesó que aunque él procuraba decir siempre la verdad, a veces le daba miedo decirla y entonces se le escapaba alguna mentira. Esto pasaba más que nada porque, claro, diciendo la verdad podía haber problemas... Por ejemplo, si sus padres le preguntaban si había comido ya toda la verdura y él contestaba que no, seguro que habría jaleo, pero si respondía que sí, tan bajito tan bajito, que casi no era decir mentiras, todos se quedaban tranquilos y no pasaba nada.

Garfield, comprensivo,  a través de mi voz le dijo al monito que no se preocupara, que aunque hay que procurar decir la verdad, en alguna ocasión no es malo decir una mentirijilla, si es para hacer la vida más amable a los demás y también a uno mismo.
Y aquí acabó la clase de Moral, porque tenía que empezar la de Cálculo. ¡Menos mal! ¡Que responsabilidad dar estas clases!